DIVERSUM MEXICO

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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Historias de drogas, mujeres y prisión

Corina Giacomello1
El número de mujeres involucradas en el tráfico internacional de las drogas ha aumentado vertiginosamente en los últimos 20 años en América Latina; el triángulo que ve entrelazadas las relaciones de género, el tráfico de drogas y el sistema penitenciario debe entenderse a partir de la situación socioeconómica de la región, de los sistemas penales y de la legislación de cada país en materia de los que en México reciben la aséptica definición de “delitos contra la salud” y de la situación de marginación y subordinación en la que todavía viven las mujeres en las sociedades latinoamericanas.
Los modos de participación de las mujeres son múltiples; aquí se presentan las voces de las esposas, de las mulas y de las introductoras de drogas a centros penitenciarios.
Las primeras fueron entrevistadas en el 20052, con el objetivo de denunciar las violaciones a los derechos humanos que acontecían y acontecen, en el Centro Federal de Readaptación Social Número Uno Altiplano, comúnmente conocido con su primer nombre: Almoloya. Son las esposas o familiares de policías corruptos, sicarios, narcotraficantes e incluso de personas inocentes que, antes de escuchar un burlesco: “Disculpe, nos equivocamos”, pasaron varios años, en calidad de procesados, pero tratados como sentenciados, en dicho centro. En enero de 2005, a causa de varias muertes con arma de fuego ocurridas en el penal, la Policía Federal Preventiva y el Ejército realizaron un operativo, cuya consecuencia fue la instauración de un régimen represivo que poco tenía que ver con la seguridad, y mucho con la violación sistemática de los derechos humanos y el agotamiento progresivo de los internos y sus familiares. Estas mujeres se hicieron visibles, y empezaron a dar a conocer lo que acontecía en el centro, que en ese entonces se llamaba La Palma.
Aplastadas entre el esposo, la cárcel y su condición de género, reorganizan su vida alrededor del penal, volviéndose invisibles entre los invisibles. Una de ellas, de origen colombiano, resume esta situación así:
“Me siento presa, aún estando libre”. Las conocí en Toluca, pues a partir de la detención del esposo, se mudaron a las cercanías del penal, que se encuentra en el municipio Almoloya de Juárez, en el estado de México.
Con respecto a la reacción de su entorno y de la sociedad ante la detención del esposo dicen:
Alejandra: Te alejas de la familia, te alejas de los pocos amigos porque te das cuenta de quienes son tus amigos. Aquí tienes que amarrarte a los juzgados y más con la situación que está pasando ahorita (después del operativo), tienes que estar pegada allá y no puedes desarrollar una vida normal. Siento mucha impotencia como madre y esposa, es bastante difícil porque las que estamos dentro de todo esto sabemos lo que pasa y lo que estamos manejando, pero la gente que no está enterada de cómo están las cosas te etiqueta: “Son esposas de lo peor".
Leticia: “No he podido tener un círculo social normal. Aquí o dondequiera, la sociedad rechaza, entonces si yo voy con mi vecina y le digo: “Mi marido está en La Palma”, me dice: “Bye” y me cierra las puertas de su casa. Tengo muy pocas amistades; mis amistades son las personas de allá, las señoras de allá (visitas que acuden al penal); son amistades porque allí las conocí y solamente con ellas puedo hablar de esta situación que nos afecta a todas. En estos ocho años no he tenido amigas afuera de este círculo. Llevo a mis hijos a la escuela y me voy, no puedo hablar con nadie. No quiero que la gente me pregunte: “¿Y tu marido?” porque no quiero echarles la mentira de: “Estoy divorciada” o cosas por el estilo; prefiero evitarlo. Entonces no llevo una vida normal en este aspecto. Siempre está esta línea de: “No me pregunten”. Con mis vecinos es nada más: “Buenos días” y ya, yo entro a mi casa con mis hijos y se acabó. La gente nunca te va a entender.
Carina: A raíz del operativo que hubo en el penal, nosotras dimos una entrevista a una televisora nacional donde supuestamente nos iban a cuidar nuestra identidad, y sí la cuidaron, pero finalmente unas personas de Toluca me vieron y supieron que era yo. Yo pensaba que ese canal no lo iban a ver pero resulta que sí lo vieron varias mamás de la escuela de mi hija y sí hubo un señalamiento. Ellas fueron a decirme que no querían que mi hija siguiera en esa escuela porque era hija de un narco y que la suya era una comunidad muy sana y muy moral, y que iban a hablar con la directora general para que dieran de baja a mi hija. Fueron a hablar con la directora y pedían que expulsaran a mi hija porque en su comunidad educativa no debería haber niños cuyos papás estuvieran en La Palma. En una de las visitas yo se lo comenté a mi esposo y él no me comentó nada sino que en la otra visita, cuando me entregaron mi correspondencia me entregó una carta que le escribió a la directora donde le externa, más que nada, jurídicamente hablando con ella de que mi hija no tiene la culpa, de que la educación en este país tiene que ser pareja con todos los niños sin distinción de ninguno, y esto también le duele porque los niños qué culpa tienen de una situación que no está definida jurídicamente para ellos y que tú, aparte de todo lo que tienes que hacer, tengas que buscar la forma de que no te expulsen a los niños de la escuela. Yo pasé con la directora, le di la carta, ella se conmovió muchísimo, me dijo: “Su hija está segura en esta escuela, no se preocupe”.
Con respecto al penal, vemos que el operativo es representado como un parteaguas.
Carina: Nunca te acostumbras a La Palma. El mismo gobierno se ha hecho el propósito de que nunca te acostumbres, siempre hay algo nuevo, algo está mal, siempre vas con el Jesús en la boca: “Ahora qué va a pasar, ahora por qué lo castigaron, ahora no me van a dejar pasar este tipo de ropa (…)”. La consigna es fastidiarte desde un principio. La consigna es “Hártalas para que los dejen solos".
Julia: Adentro las autoridades se la pasan buscando que ellos no tengan visita, porque no es un sistema de readaptación, es un sistema de despersonalización, lo que ellos manejan es quitarles la personalidad, bloquearlos psicológicamente, enloquecerlos. No hay readaptación, México no tiene una readaptación. Realmente quien se apegue a los reglamentos que tienen que seguir, sí le funcionarían. En México ha sido un sistema de corrupción, de despersonalización, un sistema de: “¿Cuánto me das? Son las drogas que te puedo dar, las pastillas con las que te puedo mantener, son los baños (de castigo) que te puedo ahorrar o los golpes que te puedo evitar”.
Ahí es un sistema de amedrentarlos, de doblegarlos y decirles: “Tú aquí ya no tienes poder”. Muchas maneras de humillar, siempre que te pueden humillar, te humillan. La revisión era (…) te tenías que subir la ropa, si traías vestido te tenías que subir el vestido, pero no era tan fuerte como se vino desde el 14 de enero. Ahora te tienes que desnudar completa, hacer sentadillas frente a un espejo y si te niegas a hacerlas entonces te amenazan de que pueden incluso hacerte tacto vaginal, tacto rectal si ellas lo consideran necesario.
Un día yo le dije a una oficial (personal de seguridad y custodia): “Mire, yo no tengo aquí ningún antecedente, si hubiera tenido algún antecedente de que he metido algunos documentos, he metido drogas, he metido algo, ok estoy de acuerdo”. Y me contesta: “Se dilatan la vagina y se lo meten”. Entonces le digo: “Yo quiero que tú te dilates la vagina, te metas un teléfono celular y camines todo lo que camino para llegar aquí, no lo aguantas. Discúlpame pero no lo aguantas; yo soy médico, sé qué es dilatarse una vagina y lo que es insertarse un teléfono celular: no puedes caminar”; y le digo: “A mí no me vas a decir, a mí no me vas a contar, ¡hazlo tú! A ver si es cierto”. Ella me contestó: “No me hable así, la vamos a sancionar”. “No me interesa que me sancionen”. Llega un momento en que uno pierde el miedo; te humillan tanto y dices: “La burra no era arisca pero la hicieron”. Llega un momento en que dices: “¡Ya basta! Ya no me vas a pisotear, ya no me vas a humillar. El hecho de que él esté aquí (…) pudo haber cometido el delito y, ojo, es procesado, no sentenciado, no es delincuente, aunque tú lo quieras ver como tal. Pero yo, mi único pecado es ser su esposa y no tienes por qué tratarme así, no tienes por qué humillar así a mis hijas”; a la de 18, que se tuvo que desnudar, a la de 14 que lloró amargamente y dijo: “No lo quiero hacer”. Y le dijeron: “Entonces no entras a ver a tu padre”. Yo me hice dura, y si la sociedad me critica no me interesa, porque la sociedad no me mantuvo, no me preguntó algún día si mis hijos comían, o si mis hijos vivían o si mis hijos existían.
Un tema crucial es el de los hijos; algunas prefieren contarles la verdad, otras intentan camuflarla, diciendo a los niños, sobre todo a los más pequeños, que cuando van de visita, van a ver a su papá en su nuevo lugar de trabajo o, en el caso de Julia, a la escuela de capacitación para policías. “Vivieron unos ocho meses engañados de que iban a ver a su papá a la escuela y siempre los llevé a visita en domingo que está más despejado el penal, que no hay tantos carros, que no hay tantos policías y que hay muchos niños. Cuando la niña empezó a jugar con sus muñecas a la cárcel entendí yo que todo ese traspaso de rejas y que su papá usara un uniforme (…) pues que ya no era escuela y aunque ellos no lo mencionaban como cárcel, decían: “La escuela de castigo de mi papá”. Pude llevar a mis hijos hasta el Día del padre; el impacto fue terrible, teníamos la visita en el auditorio, había muchos otros presos de altas alcurnias, de bajas y medianas, grandes personajes y mis hijos decían: “A este señor yo lo he visto en la tele” y yo me quedé de: “Híjole y yo supuestamente los llevaba a una escuela donde estaban preparando a su papá para ser mejor policía”. Qué hizo él cuando vio a los hijos: correr y llorar, lloró por todos, los abrazó uno a uno y mis hijos abrazándolo y sufriendo con él. Se levantó un grito así estremecedor de todos sus compañeros, de “¡Ánimo!”. Te parten el alma, todos empezaron a aplaudir, todos nos dijeron: “Tú puedes. Señora, échele ganas. Hay salida”.
El régimen de incertidumbre, atropello y de agotamiento descrito en estos testimonios, se tradujo, en 2006, en el nuevo Reglamento de los Centros Federales de Readaptación Social, firmado por el entonces presidente Vicente Fox, y actualmente vigente. Con respecto a las vendedoras de drogas, sus historias varían mucho y cada una se abre como una ventana sobre el conjunto de problemáticas que vive la región; el narcotráfico funge como un espejo, una amplificación aplicada de pobreza, falta de educación, desempleo, informalidad, machismo, corrupción y violencia.
Yiyo es una interna de origen venezolano recluida en el Centro Femenil de Readaptación Social Santa Marta Acatitla; fue sentenciada a 10 años de prisión al ser encontrada con alrededor de un kilo de heroína en cápsulas, escondida en el estómago. Su carrera delincuencial empieza como novia de un asaltabancos, en un barrio donde: “Es lo más primordial que hay ahí, vender droga, con eso vive mucha gente”. Y narra: “Primero empecé con unos compañeros que eran asaltadores de cuentahabientes y ellos me invitaban a que yo (…) echara el 18, como le dicen aquí (…) a cantarle la zona. Yo les decía a los muchachos: “Ahorita va a salir un señor así y así y así y asado y se montó en tal carro” y yo ya no me montaba con ellos, ellos iban a hacer su trabajo. A raíz de los años empecé a conocer a la gente que también vendía droga y se me hacía muy fácil, muy muy muy fácil de ver la entrada del dinero".
El contacto fue la madre del que se convertiría en su novio, un sicario; se fue a vivir con él para que la protegiera de su primer marido, el asaltabancos, un hombre violento y con problemas de adicciones. Empezó a trabajar para la suegra, que conoció en una cárcel, un día de visita: “Entonces a raíz de allí fue como vi que la señora viajaba a Colombia y me llamaba la atención y dije: “También me voy con ella” y después salí embarazada de su hijo. Yo iba a Colombia, compraba tantos kilos y los preparaba; por lo menos si yo compraba kilo y medio le sacaba tres kilos; entre Colombia y Venezuela se presta mucho para conseguir la droga tan fácilmente. Como mujer la ventaja es que (…) le podemos hasta coquetear a los guardias nacionales (…) aunque no lleguemos a tener nada con ellos, pero solamente con la mirada o con una buena personalidad”.
Luego, gracias a los contactos de la hija de su suegra, se convirtió en una mula internacional: “Su hija me presentó a los muchachos y un día vino un amigo y me dijo que yo tenía mucho carisma para trabajar con la droga porque sabía dominar mis nervios y para que una persona trabaje con droga tiene que saber manejar muy bien la adrenalina, delante del gobierno más que todo. Y le dije: “Yo no voy a tragar, yo no me voy a tragar esas cápsulas”. “Pero es la manera más segura” y llegó un momento de que (…) tanto me decía que le dije: “Está bien”. En una semana yo aprendí a tragar los que son los cabitos de velas, luego uvas gruesas y aparte de las uvas, los cabitos de zanahoria; para el primer día que tenía que tragarlo para viajar fueron 15 días de limpiar el estómago; si yo me comía por ejemplo un almuerzo, no tenía que comerlo, sino nada más una fruta, como que me reducían el estómago y tres días antes me lo ampliaban; es la manera de cómo van acostumbrando el estómago para que hubiera una capacidad para poder llenarlo con las capsulas; hubieron momentos que yo me tragaba ¡más de 100 cápsulas!, hasta 125 cápsulas, eso fue lo máximo que yo pude tragar. Yo siempre decía: “Sé que algún día me voy a quemar porque el que juega con candela, algún día se quema, y yo sé que no estoy vendiendo ni chocolates, ni estoy vendiendo ropa ¿no?”. Pero en el momento yo decía: “Todo es fácil” porque nunca había pasado por una experiencia como la estoy pasando ahorita y de verdad es un encierro, y un encierro, por lo mucho dinero que yo haya ganado, con eso ni siquiera voy a comprar mi libertad ahorita que es lo que más deseo”.
Hablando sobre México y sobre las historias que ha escuchado en la cárcel, concluye: “México podrá ser un país grande, podrá generar dinero pero de igual manera hay pobreza y yo siento que aquí discriminan mucho y más a la mujer, y aquí son muchas que han llegado por introducción al penal pero es por lo mismo ¿no? Yo creo que ganan más introduciendo droga que en un trabajo (…) normal”.
Lucy está sentenciada a 15 años de prisión (siendo ésta la pena prevista por introducción de drogas a centros de reclusión, antes de las reformas publicadas el 20 de agosto de 2009 en el Diario Oficial de la Federación, y mal llamadas “ley de narcomenudeo”), de los cuales ha purgado siete. A las que realizan ese tipo de trabajo, se les dice, en el Distrito Federal, aguacateras, pues las drogas que se insertan vía vaginal están envueltas de tal manera que forman un bulto parecido a un aguacate. Otro modo de llamarles es vagineras.
Antes de dedicarse a llevar drogas al Reclusorio Sur, Lucy, a los 13 años, era madre de dos niñas; para los 15 tenía tres hijos más con otro hombre; fue migrante ilegal a Estados Unidos, lavó ropa y limpió casas y, si no le alcanzaba el dinero, daba a sus hijos agua de la llave, “para que se llenaran y se les quitara el hambre”.
Yo ya cumplí 15 años de ser madre soltera, entonces a veces necesitaba dinero porque tenía trabajo o tenía casa, porque salía a trabajar pero cuando llegaba a su casa de usted me decían: “Tus hijos hicieron eso, quemaron las cortinas de la vecina, le pegaron al otro”, siempre había problemas, entonces ¿qué hacía? Se me presenta la oportunidad de (…) me dice (…) una que yo le lavaba la ropa y me dice: “Oye, Lucy, no quieres ganar dinero, es fácil (…)”. Y le digo: “No”. Pero luego yo la veía que llegaba temprano y llegaba con dinero y no la veía que estuviera preocupada de algo, entonces le dije: “Está bien” y me enseñó cómo (…) meterla, cómo llevarla, entonces decía: “500 pesos y rápido –porque es lo que me pagaban– y no descuido a mis hijos y no tengo problemas”. Yo lo tomé como una rutina de trabajo, no pensé en las consecuencias que me hubiera traído. Y explica: “Lo que importa allí es la droga, que sepa meterla. Ya una vez agarrando a uno, ellos se lavan las manos; eso es lo que yo no supe, que ya una vez cayendo se olvidan de uno”.
Lucy, al igual que todas las mujeres con las que he platicado, reconoce haber cometido un delito y saber, por lo menos hasta cierto punto, lo que estaba haciendo. No protesta contra el encierro en sí, sino la duración de la sentencia y la imposibilidad legal de recibir beneficios de preliberación.
Uno está consciente de lo que hacemos, al no ser que hay gente que se ciega de ver su realidad, pero yo la verdad soy una persona honesta y me gusta serlo y que así sea la gente conmigo y porque sé reconocer, pero (…) yo me estaría hasta los 10 años, si me la bajaran a los 10, ocho, yo siento que no voy a poder (…) los ocho que me faltan (…) porque ya empieza uno a desesperarse (…) a agarrar otras ideas de depresión. Yo digo que aunque nos den la sentencia, que nos dieran un beneficio; un beneficio en que nosotras nos estamos acatando a que lo llevamos a cabo, como ahorita yo le echo ganas, trabajo y todo porque quiero alcanzar un beneficio pero ¿qué pasa? Voy al jurídico y me dicen que no lo alcanzo entonces nos bajan la moral y ya nos desilusionamos; entonces yo digo que en esos casos deberían darnos o un beneficio o penas no tan altas porque yo sí soy capaz de quedarme los 10 años, que me faltarían tres años, me quedo a compurgar, porque lo hice y aunque no lo hubiera hecho, allí luego ves que son injustos también porque hay gente que no lo hace.
Hay gente que tan sólo porque estaban platicando con alguien que lo traía, se la traen también; las autoridades deberían investigar bien el caso porque nomás porque a lo mejor le cayó gorda, ¡porque también eso sucede! Hay veces que los jueces nada más porque le cayó mal o porque le contestó esto así tantos años. Entonces yo digo que nos deben dar o menos pena, menos años de pena o un beneficio (…) tampoco las dos cosas ¿verdad? Pero por lo menos algo que nos beneficie en algo (…) considerando ¿no? que somos mujeres y somos las que mantenemos a nuestros hijos, las que vemos por ellos porque los hombres ¿qué hacen? ¡No hacen nada!
Marta introdujo siete kilos de heroína escondida en unas maletas en un vuelo procedente de Venezuela. Ella es originaria de Guerrero; tiene una amiga, Marcela, quien viajó con ella y ahora purga la misma sentencia de 10 años. El que orquestó el negocio fue el cuñado, Miguel, quien solicitaba a menudo los servicios del esposo de Marta, Luis. Un día Miguel propuso a Luis que realizara un viaje pero éste se negó; Marta aceptó su lugar. Me dijo que necesitaba que le llevara unas cosas, me dijo: “No va a pasar nada, está todo contemplado, nada más tienes que dejar tus maletas (…)”. “¿Pero no va a pasar nada?”. “No”. Yo creía que yo iba a llevar nada. Él me dijo que llevara unos forros de maletas y me dio una caja grande de cartón toda amarrada, eran 10 forros adentro. Yo creí que eso era lo que yo tenía que llevar y luego él me estuvo explicando: “Es que nosotros hacemos movimientos, llevamos a veces dinero, a veces traemos droga”, pero no me dijo qué era lo que yo tenía que traer. Nos dijo: “Llegan a Caracas, las dos, van a dejar las maletas con un taxista que las va a ir a buscar. Ustedes van a llegar a un hotel, pero inmediatamente de ese hotel se cambian".
Todo sucedió de acuerdo al guión; los narcos de allá se llevaron las maletas de Marta y Marcela; les dieron dinero para que transcurrieran unos días en la playa; fueron a recogerlas y las invitaron a comer con “el bueno”. “Era un señor de allá, ya nos habían dicho que a lo mejor íbamos a comer con él, entonces no nos agarró de sorpresa. El taxista nos dijo: “Vamos a comer y allí (en una plaza comercial) se compran algo”. Finalmente, llegaron al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Veníamos súper contentas en el avión, yo era la segunda vez que me subía a uno. Cuando llegamos aquí entramos al baño e íbamos caminando y sentíamos como que alguien venía atrás de nosotras; llegamos casi a la salida, pero a mí venían atrás unos señores y me dijeron después que eran AFIs y me dijeron: “Señora, ¿puedo hacer una revisión a sus maletas?”. “Sí, señor”. “Es una revisión de rutina”. “Sí, cómo no, dónde pongo mis maletas”. “Véngase”, pongo mi maleta en una mesa allí por la salida. Abrí la maleta y regresó Marcela, ella ya estaba en la salida, y me dijo: “¿Qué pasó?”. “Van a revisar mis maletas” y le preguntaron: “¿Quién es usted?”. “Vengo con ella”. “Venga para acá”. Nos siguen diciendo que es una revisión de rutina, le dicen a Marcela que traiga sus maletas y empiezan a revisarla en el piso. Pasaron los cuatro, las abrieron, sacaron ropa y decían que todo estaba bien, nos dijeron: “¿Podemos abrirlas bien hasta el fondo?”. “Sí señor”. Tardamos mucho allí, como media hora; vino una señora de aduanas y les dijo: “¿Se van a tardar mucho con las muchachas? Ya están espantando a los pasajeros; llévenselas a otro lado o déjenlas ir”. Se empezaron a pelear entre ellos. De allí nos llevan a otro lado. Nos meten a una oficina, había una mesita donde estaban revisando las maletas pero allí ya estaban revisando todo y nosotras ya no veíamos nada. Nos acercamos pero ya no nos dejaban que viéramos. A los 10 minutos empezaron a decir: “Positivo, positivo” y nos llevaron a una oficina de la PGR allí en el aeropuerto, cuando entramos allí empezaron a vaciar las maletas; tenían doble fondo, la heroína venía en paquetes, como ladrillos. Eran cuatro kilos en cada maleta, 16 en total. Uno de los AFIs me decía: “Dime la verdad, dime quién es tu jefe”. “No, yo no tengo jefe, no les puedo decir nada”. “Bueno, danos 80 mil a cada uno, somos cinco”. “Bueno, tú crees que si tuviera el dinero (…) ¡prefiero ir a la cárcel!”
Las mujeres en reclusión por delitos contra la salud viven una situación híbrida, entre víctimas y culpables; sus delitos son, además de un acto individual elegido, el fruto de la ilegalidad de la sustancia transportada, y por ende, de su incomparable competitividad ante cualquier otra actividad de la economía informal, de la exclusión social, de la ignorancia, de la normalización del tráfico internacional de las drogas, de la corrupción de las fuerzas responsables del combate del narcotráfico y, finalmente, de relaciones de género desiguales que vuelven a las mujeres en obreras y cómplices ideales para la delincuencia organizada.
Son las dueñas de su historia e incluso de su prisión, dueñas de un bien que nadie quisiera, ni siquiera regalado. Ellas lo donan, a veces para obtener algo a cambio, otras por no tener a quien contarlo o también para que a otras mujeres no les pase lo mismo.
Así describe la cárcel, y concluyo con sus palabras, una exinterna, una mujer que fue ilegal y anticonstitucionalmente recluida en un pasillo de Almoloya3.
“Mientras he estado encerrada aquí, he muerto centenares de veces, cuando podría haber muerto una. Ya he sufrido más allá de la capacidad de resistencia, cansada de luchar por algunas horas más de vida, siempre con la ilusión de que la verdad legal demostraría mi inocencia. Hay momentos en los que creo haber perdido la brújula, siento todo a flor de piel, ya no puedo controlar mecánicamente los acontecimientos; cada área de mi cuerpo está exigiendo restauración y enfrentamiento, para que saque la verdad desde mis entrañas y la encare en vez de seguirla guardando en lo más recóndito. No puedo seguir así, el tiempo me exige. Para sobrevivir es preciso aprender a morir primero, y con suerte, y con muy duro trabajo, lograr renacer, matando al que antes vivía en el propio interior".
1 Doctoranda en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México.
2 Corina Giacomello. Rompiendo la zona del silencio. Testimonios sobre el penal de máxima seguridad del Altiplano, antes La Palma. Ediciones Dipond, Ediciones Gato Azul, Bogotá, 2007.
3 Corina Giacomello. Los secretos de Almoloya. El testimonio de una mujer recluida en un penal de máxima seguridad. Debate, México.

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